Influenza Política en México

 

La influenza política, un derivado de la porcina, se manifiesta con las siguientes condiciones:

1.- Olfato atrofiado que evita percibir los olores de la demagogia corruptora para exaltar los parabienes de la manipulación colectiva.

2.- Parálisis muscular que tiende a inmovilizar las contiendas electorales hasta contarse con suficiente handicap a favor de la clase gobernante mediando el uso de la rehabilitación mediática.

3.- Altísima temperatura corporal que obliga a las tardeadas en Los Pinos con jocosos acentos y renovados compadrazgos con los integrantes de la vieja clase política y los mandos castrenses.

4.- Tos imparable que se traduce en verborrea discursiva por la cual se insiste en que nunca hubo la intención de exagerar brotes y consecuencias epidémicas sino templanza para asegurar la salud del colectivo aunque la sociedad pasara a la calidad de rehén bajo los arrebatos incesantes del miedo.

5.- Campanadas en la cabeza que obligan a proceder por instinto sectario desprendiéndose de la visión amplia de la realidad, esto es sin considerar la salud general, la financiera también, en aras de divulgar una tardía preocupación por tres decenas de víctimas mortales que no fueron atendidas con oportunidad.

6.- Asma constante ante cualquier señalamiento crítico que tienda a desnudar las intenciones. El flagelo es el informador malvado, jamás el hecho incontrovertible mal sobrellavado. Por eso, claro, se corta el aire mientras el aparato respiratorio del sector oficial se consume con la erosión derivada de la incredulidad pública.

7.- Delirio de persecución que se evidencia cuando, en vez de responder a las preguntas directas, se opta por las explicaciones superficiales, esquemáticas, acerca de las medidas preventivas y nunca sobre orígenes y verdaderas consecuencias de cada mal a tratar.

Los infectados no tienen exclusividad partidista. Más bien el perfil de los mismos se extiende desde los cabildos hasta la Presidencia del país en donde se amarran navajas y se pretende conducir las crisis para nutrirse políticamente de ellas. Los precandidatos a la silla grande, por ejemplo, entraron, todos, en un frenesí por situarse a la vanguardia de las medidas emergentes con tal de ganar reflectores bajo los haces opacos del miedo general, los gobernadores ni se diga.

Y simultáneamente, el llamado "primer mandatario" clamó por respeto a los discriminados mexicanos -los que llegaron a China para ser tratados como leprosos de referentes bíblicos-, luego de haber propiciado y divulgado, prohijando temores y convirtiendo a un país en desierto de la improductividad, la imagen de una sociedad paralizada en estado de indefensión frente al agobio de los virus y sus nuevas cepas. Como tirar la piedra, esconder la mano y culpar al de a lado. Una fórmula muy eficiente, por supuesto, entre los demagogos consumados. Que los demás interpreten bajo el considerando de que cuantos no están de acuerdo son, sencillamente, deplorables, irresponsables, perversos y, claro, malos mexicanos. Palabra presidencial.

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