Abstencionismo o anular el voto?

 

 

DENISSE DRESSER

¿Usted sabe quién es su
diputado? ¿Sabe cómo votó durante su paso por el
Congreso? ¿Sabe cuántas veces viajó al extranjero y
adónde? ¿Sabe qué iniciativas legislativas presentó?
¿Sabe cómo ha gastado el dinero público que usted le
entregó a través de los impuestos?. Es probable que usted
no sepa todo eso, y quisiera sugerir por qué:

el sistema
político-electoral no fue construido para representar a
personas como usted o como yo. Fue erigido para asegurar la
rotación de élites, pero no para asegurar la
representación de ciudadanos. Fue creado para fomentar la
competencia entre los partidos, pero no para obligarlos a
rendir cuentas. Fue instituido para fomentar la repartición
del poder, pero no para garantizar su representatividad.
Y quizás por eso ahora hay tantos mexicanos insatisfechos,
descontentos, descorazonados, que no saben por quién votar
o si lo harán siquiera. Quizás por eso, como lo revela una
encuesta reciente realizada por la Secretaría de
Gobernación, sólo 4% de la población confía en los
partidos y sólo 10% piensa que los legisladores legislan en
favor de sus representados. La población mira a los
partidos y ve allí una historia de priización, de
complicidades, de organizaciones que dijeron enarbolar algo
distinto para después actuar igual. Ve a partidos con
algunas diferencias en cuanto a lo que ofrecen, pero con
demasiadas similitudes en cuanto a cómo se comportan. Ve
pluralismo en la oferta política, pero mimetismo en el
desempeño gubernamental. Ve a partidos corruptos, partidos
que se niegan a rendir cuentas, partidos que se rehúsan a
reducir gastos, partidos que hacen promesas para después
ignorarlas, partidos que, en lugar de combatir la impunidad,
perpetúan  sus peores prácticas.

Allí está el PRI montado sobre el corporativismo corrupto
y vanagloriándose por ello. O el PAN que prometió ser el
partido de los ciudadanos pero acabó cortejando a Valdemar
Gutiérrez, líder atávico del sindicato del IMSS. O el
Partido Verde, única opción “ecologista” del planeta
que apoya la pena de muerte mientras se vende al mejor
postor y financia la farándula del “Niño Verde”. O el
PRD, enlodado aún por el “cochinero” de su elección
interna y que no logra remontar las divisiones internas
producto de su relación de amor-odio con Andrés Manuel
López Obrador. O el PT o Convergencia, saltando de alianza
en alianza para ver cómo aterrizan mejor. Otorgándose
salarios altos, fiestas fastuosas, aguinaldos amplios,
viáticos inmensos, exenciones amplias, cónclaves en las
mejores playas. Partidos cerca del botín que se reparten y
lejos de la ciudadanía; cerca de los privilegios que
quieren preservar y lejos de los incentivos para
sacrificarlos.

 
Y ante eso se nos dice que debemos votar por alguno de
ellos porque, si no, “afectaríamos la legitimidad de la
representación política”, cuando en realidad esa
representación sólo existe de manera trunca y parcial. Y
se nos dice que el sistema de partidos funciona
“razonablemente bien”, cuando en realidad funciona muy
bien para la clase política pero muy mal para la
ciudadanía. Y se nos dice que el sufragio por alguna de las
opciones existentes fomentará el cambio, cuando en realidad
sólo preservará el statu quo. Y se nos dice que si
anulamos el voto estaríamos desacreditando a las
instituciones, cuando en realidad han logrado hacerlo sin
nuestra ayuda. Y se nos dice que debemos buscar verdaderos
mecanismos de exigencia para demandar que la clase política
se comporte de mejor manera, cuando en realidad no existen.
Y se nos dice que anular el voto sería una “táctica
ineficaz”, pero nadie propone una alternativa mejor para
presionar a políticos –por supuesto– satisfechos con su
situación.

Hoy por hoy, la clase política no tiene un solo incentivo
para remodelar un sistema que tanto la beneficia. Quizás
los candidatos prometerán hacerlo después de que votemos
por ellos y lleguen al poder, pero una vez allí pueden
ignorarnos sin costo. No hay reelección pero sí hay
trampolín: saltan de la Cámara de Diputados al Senado y de
allí a una presidencia municipal y, de allí, de vuelta al
Congreso. Una y otra vez, sin haber rendido cuentas jamás.
Sin haber regresado a explicar lo que hicieron y por qué.
Sin haber sido sometidos al escrutinio de electores con la
capacidad de sancionar o premiar. Porque podemos llevar a
alguien al poder con nuestro voto, pero no podemos
castigarlo si lo ejerce en nuestra contra. Los políticos
saben que han logrado erigir un muro infranqueable en torno
a su alcázar; tienen una situación inusual y privilegiada
que no quieren perder.

Algo está mal. Algo no funciona. Algo necesita cambiar y
con urgencia. Porque cuando José Woldenberg sugiere votar
“por el menos malo” me parece un consejo que coloca la
vara de medición a ras del suelo, que obliga a México a
seguir conformándose con poco y aspirando a menos. Siento
que si voto por cualquier partido –en estas condiciones–
contribuiré a avalar un sistema que debe ser cambiado desde
afuera, ya que nadie lo va a hacer desde adentro. Siento que
si tacho la boleta en favor de cualquier persona –en estas
condiciones– acabaré contribuyendo a legitimar un sistema
que actúa cotidianamente al margen de la ciudadanía.
Siento que si voto incluso por una persona con amplios
atributos –en estas condiciones– acabaré premiando a
partidos que obstaculizan la profundización democrática en
lugar de fomentarla.

Por ello tendremos que pensar en acciones que contribuyan a
sacudir, a presionar, a protestar, a rechazar, a manifestar
la inconformidad, a reconfigurar una democracia altamente
disfuncional. Por ello habrá que proponer medidas que
combatan la inercia y generen incentivos para mejorar la
representación. Ya sea a través del voto anulado o el voto
en blanco o el voto condicionado o el voto por Esperanza
Marchita o una marcha multitudinaria o un frente común
conformado por millones de mexicanos insatisfechos en busca
de un catalizador para el cambio. Porque el voto “sin
adjetivos” ya ha demostrado ser insuficiente; la
competencia entre partidos ha demostrado ser insuficiente;
la alternancia entre una opción ideológica u otra ha
demostrado ser insuficiente.

 
El problema no son las personas o los partidos; es un
sistema político que no asume la representación como punto
de partida, como cimiento fundacional. El problema es la
inexistencia de mecanismos democráticos como la
reelección, las candidaturas ciudadanas, las “acciones
colectivas”, la revocación del mandato, entre muchas
más. El problema es que los partidos insisten en que nos
representan adecuadamente cuando no es así. No podemos
seguir fingiendo; ha llegado el momento de reconocer lo que
no funciona y componerlo. Porque, como ha escrito José
Antonio Crespo, votar por el partido “menos malo”
equivale a comprar la fruta menos podrida, en lugar de
presionar al vendedor para que –de ahora en adelante–
venda fruta fresca. Equivale a decir que México no puede
aspirar a más.

 

 

 

 

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El abstencionismo no es el camino indicado. Al no ir a votar solamente se demuestra que somos permisivos e indiferentes al sistema actual. Por otro lado, ya comprobamos que votar por "el menos peor", no nos ha dado buenos resultados. Es hora de pensar el uso del voto de manera alternativa, el voto crítico, de protesta: Vota y Anula.

BLOGS Y PAGINAS QUE ESTAN DANDO SEGUIMIENTO AL MOVIMIENTO

 

  • votaenblanco.org.mx
  • anulatuvoto.org.mx
  • mexicovotonulo2009.blogspot.com
  • yoanularemivoto.blogspot.com
  • anulalos.blogspot.com
  • edgarclement.blogspot.com

     

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