Paulette y el dolor del horror

 

RICARDO ROCHA

Algunos me piden no tocar ya más el tema. Alegan hartazgo. Advierto sin embargo dos sentimientos: uno de revancha de clase, que se jodan los ricos con todo y sus miserias; pero también uno más de temor a lo que viene; como si quisieran tirar un libro por miedo a lo que sigue; como si lo que hasta ahora se ha leído sea apenas soportable; como si ya hubiéramos llegado al límite; porque lo que adivinamos será superior a nuestras fuerzas, a nuestra capacidad de asombro, a la probabilidad de nuestras lágrimas.

Yo no sé usted, pero intuyo que apenas hemos tocado las puertas del infierno. Que esta farsa macabra tiene una segunda parte aún más horrorosa. Que apenas hemos empezado a correr el telón de un segundo acto de una obra denigrante de bajeza humana. Que no hemos visto nada todavía.

Hasta ahora, los ríos de tinta y las horas sin fin de imágenes y voces nos han arrojado a un pantano de desintegración y ruptura familiar. De voraces arenas movedizas de infidelidades, dineros y traiciones que terminó devorando a Paulette con todo y sus molestas incapacidades. Así, sin sentimientos de piedad alguna, sin el menor asomo de compasión. Primero en una infame agonía. Luego muerta. Luego llevada y traída, como un objeto. Como una muñeca rota.

Me dice un criminólogo experto que los niños como Paulette suelen tener crisis nerviosas exasperantes. Que alguien tal vez intentó acallar sus gritos y su llanto. Y la estremeció y la sacudió hasta desnucarla o la asfixió hasta el último aliento. Me explican así un criminal arranque de furia absolutamente inhumano y de cualquier modo injustificable. Menos aun de lo que ocurrió después, el recorrido inimaginable del cuerpo de la pequeña o la tumba efímera e inadmisible en que fue encontrada en su propio cuarto, en su propia cama.

Hay muchas más preguntas que certezas: sobre sus padres y la vida que le dieron a Paulette; sobre Lisette, su madre y sus amigos y los días antes y después del momento que nos negamos a aceptar; todo apuntando a una espeluznante telaraña de complicidades a partir de un cerebro tan frío como ajeno y cercano al dolor inocente. Una trama horrenda y estremecedora para explicar y configurar las piezas sueltas de un rompecabezas inconexo y repugnante.

Más allá de las incapacidades manifiestas de la Procuraduría del Estado de México, me temo que estamos frente a un caso manchado también por la corrupción y la impunidad oficiales. Que nos volverá a perturbar en las próximas horas. Y en el que la única verdad, hasta hoy es que Paulette está mucho mejor allá de como estuvo aquí.

Que Dios la bendiga.

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