¿Cuándo se jodió el país?

ARTICULO REVISTA ACCOMITAN NO. 13

Alfonso Zárate

 A Javier Barros Sierra, porque merece, como pocos, recibir la medalla “Belisario Domínguez”.

Cuando se fue de México al concluir su misión diplomática como embajadora de Suecia, Eva Polano nos ofreció su visión lúcida, cariñosa, pero no exenta de realismo, sobre el país que dejaba; un país que aprendió a amar y que le resultaba fascinante en sus contrastes y en sus intensidades: la intensidad de sus colores, de sus sabores, de sus olores… Para una mujer sueca debió ser brutal descubrir los extremos entre indigencia y opulencia, los “niños de la calle”, la violencia delincuencial, la discriminación a los diferentes. No escapó a su mirada sensible el contraste de generosidad y egoísmo de nuestro pueblo. La misma sociedad que se volcó, sin reparar en riesgos, al rescate de sus semejantes durante los sismos de 1985, podía ser tan tacaña respecto a su prójimo. Monsiváis lo expresó bien: “El mexicano todo lo perdona, menos el éxito ajeno”.

Son muchos los males que aquejan a los mexicanos. Reconocerlos es una de las condiciones para superarlos. Estos son algunos de los más notorios:

No sabemos trabajar en equipo. Nuestros logros en el deporte, en la cultura o en la ciencia son, siempre (o casi) individuales: Lorena Ochoa en el golf, Ana Guevara en las carreras, Julio César Chávez en el box… En equipo, fracasamos.

Otro rasgo muy propio es la inmadurez. “Los mexicanos —decía la abuela de mi amiga Susana— somos como niños, jugamos hoy sin importarnos el mañana”. Vivimos de prestado, damos el tarjetazo para comprar bienes superfluos y abonamos sólo el mínimo mensual, así terminamos pagando créditos usureros y al borde de la quiebra. Y como suelen hacer los niños, transferimos nuestra responsabilidad a los demás, siempre son “los otros” los culpables de nuestros males: el gobierno, los empresarios, nuestros competidores, los españoles, los gringos…

Somos conformistas. Las frases “ya ni modo” y “ai se va”, expresan esa resignación o valemadrismo que nos lleva a justificar los excesos que se cometen desde el poder, porque sabemos, como decía el papá de los muchachos Bribiesca Sahagún, que si no aprovecharan de la posición de su madre en Los Pinos “serían pendejos”.

Otro de nuestros males es la simulación. Los estudiantes simulan aprender de maestros que simulan enseñar. Los empresarios simulan emprender; muchos de los más prósperos son, en realidad, especuladores; otros, meramente rentistas que buscan ganancias rápidas y fáciles, casi siempre al amparo del poder. En la burocracia abundan los que se justifican diciendo “dizque nos pagan, pos dizque trabajamos”.

No aprendemos de nuestros errores. Nuestro crecimiento urbano, irracional, anárquico, se explica por la ausencia de planeación. La improvisación y la corrupción han definido el ensanchamiento absurdo de poblados y ciudades, la construcción de asentamientos humanos en las márgenes de ríos que se desbordan, en las laderas de montes que se desgajan o sobre minas de arena; y después de las tragedias humanas y materiales, de la pérdida de vidas e infraestructura, vuelven a levantarse viviendas en los mismos sitios, por la irresponsabilidad de los moradores y la corrupción de las autoridades.

Naturalmente, para explicar todo esto y más, nunca han faltado argumentos políticos, sociológicos y de sicología colectiva; razones de índole material indiscutible —pobreza, marginación, explotación— o de carácter sociohistórico, como la impronta de un pasado colonial donde la víctima —una nación, un pueblo, una cultura— termina por asumir como fatalidad ineludible el vasallaje y la sumisión, “normalidad” que por momentos se ve interrumpida por convulsiones de violencia social sin consecuencias.

De lo que nadie parece hacerse cargo, en la primera década del siglo XXI, es de esa extraña lógica causa-efecto que parece justificar la indolencia, la dejadez, la corrupción, la insolidaridad que atraviesa todos los estratos sociales y cristaliza en una cultura degradante que, hoy lo sabemos, no era privativa del régimen priísta. Parafraseando la pregunta de un personaje de Mario Vargas Llosa en Conversación en la Catedral: ¿Cuándo se jodió el país? Acaso en el momento en que élites y pueblo, gobernantes y gobernados, amos y lacayos decidimos celebrar las contrahechuras de la democracia simulada, la impunidad judicial, el machismo abierto y el racismo apenas encubierto como parte de “la mexicana alegría”.

En realidad, a lo largo de su historia, México se ha jodido muchas veces. Podríamos remontarnos incluso antes del surgimiento del Estado mexicano, irnos hasta la Conquista o recordar la Colonia, cuando se otorgaban mercedes reales como patentes para abusar de los cargos. Podríamos también intentar explicar la apatía que afecta a anchas franjas ciudadanas, recordando aquella frase del virrey Carlos Francisco de Croix, que en 1767 comunicó a los vasallos “del gran monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los asuntos del gobierno”.

Pero una cosa es cierta, la corrupción, los abusos desde el poder, la resignación y el valemadrismo no se originaron con el PRI; la República priísta sólo los perfeccionó, si puede decirse tal cosa.

Frederich Katz —el gran historiador vienés recién fallecido— recupera en La guerra secreta en México, un reporte del embajador alemán Paul von Hintze sobre la corrupción del capitán Huerta, hijo del usurpador, quien adquiría armamento con sobreprecios de escándalo.

Son fama pública las largas uñas de los “robolucionarios”, un caso extremo es el de Álvaro Obregón. Entrevistado por Vicente Blasco Ibáñez, el caudillo exhibió su vena cínica:

—A usted le habrán dicho que yo soy algo ladrón.

—¡Oh general! ¿Quién puede hacer caso de las murmuraciones?… Puras calumnias.

Obregón —describe el periodista español— no parece oírme y sigue hablando.

—Pero yo no tengo más que una mano, mientras que mis adversarios tienen dos. Por esto la gente me quiere a mí, porque no puedo robar tanto como los otros.

Pero para no extraviarnos en arqueología política, baste recordar que en un momento más próximo, a finales de la década de los 60, México parecía prefigurar una potencia intermedia: de 1960 a 1970, la tasa de crecimiento del PIB fue de 7.1%, con una inflación de poco menos de 2.5% en promedio durante esa década, y en 1970, nuestra deuda externa pública bruta era de apenas 4 mil 262 millones de dólares; nuestro cine y nuestra música conquistaban al mercado de habla hispana; nuestra política exterior nos prestigiaba y la educación pública constituía el soporte de una movilidad social ascendente.

Pero el país se jodió cuando Gustavo Díaz Ordaz escogió para sucederlo a Luis Echeverría: al final de su sexenio, la deuda externa creció casi cinco veces (19 mil 600 millones de dólares) y de 4.69 en 1970, la inflación pasó a 27.2 en 1976.

Después, Echeverría seleccionaría para sucederlo a su amigo de la adolescencia, José López Portillo. La docena trágica marcó el fin del “milagro mexicano”. Un manejo irresponsable de las finanzas públicas llevó a Echeverría a despedir a su secretario de Hacienda, Hugo B. Margain y a alardear: “Las finanzas públicas se manejan en Los Pinos”; después, López Portillo anunciaría que el nuevo desafío de México era “cómo distribuir la abundancia”, cuando abandonó el poder, dejó al país sumido en una profunda crisis.

En ese escenario de desastre llegaron Miguel de la Madrid, los tecnócratas y el fundamentalismo económico que llevó a una privatización indiscriminada y tramposa de empresas públicas: Telmex, la joya de la corona. Son los años, que no terminan aún, del dictum de que la mejor política industrial es no tener política industrial; los años de una apertura irracional a mercancías extranjeras que han herido de muerte a ramas completas de nuestra industria (calzado, textiles, juguetes, artesanías…)

Pero hay otros momentos de quiebre. En el periodo 2000-2006, El bato con botas dilapidó el enorme capital político que le había reportado el bono democrático; dejó escapar el momentum del cambio que se vivía en el país. En vez de impulsar una renovación de la vida pública, gobernar con austeridad y eficacia, la pareja presidencial se dedicó a exhibir su precariedad ética y cultural por todo el mundo, y a tolerar abusos de propios y extraños.

Han sido muchos los intentos de joder al país, pero a pesar de todo, México sigue en pie, vivito y coleando. La irresponsabilidad de la clase gobernante y la indolencia de la sociedad no han terminado con el país, mayor, en mucho, a sus dificultades.

México se jodió hace más de 40 años, cuando lo mismo, el gobierno que la sociedad, cerraron los ojos frente a lo que ocurría en materia de siembra y trasiego de drogas. Ante lo que era evidente, no sé cuántas veces escuché que el problema era de los gringos: “Si se quieren meter mariguana o coca, que se la metan, eso no es cosa nuestra; nosotros sólo somos la plataforma, pero la alberca está del otro lado”. Y así, más temprano que tarde, el tumor desarrolló metástasis y empezó a aparecer en Tijuana, Ciudad Juárez, Durango, Reynosa, Guadalajara, Acapulco… Hoy, las bandas criminales controlan vastos territorios, tienen compradas o aterrorizadas a las autoridades y dueños de las plazas han incursionado en otros delitos que lastiman más a la sociedad: secuestro, extorsión, “cobro de piso”…

El país se jodió cuando su clase gobernante privilegió todas las variables macroeconómicas excepto una: el crecimiento económico. Décadas de estancamiento fueron sembrando cientos de miles de jóvenes, que hoy son millones y han crecido sin alternativas; unos emigraron a Estados Unidos, otros incursionaron en el comercio informal que, en muchos casos, es la primera aproximación al crimen organizado (la compra-venta de mercancía robada, “pirata”, contrabandeada), y otros se integraron a pandillas que les dieron identidad y un sentido de pertenencia. Estos jóvenes, casi niños, hoy juegan a la guerra con balas de verdad: mueren o matan. En los 18 millones de mexicanos en pobreza extrema, los cárteles pueden tener un venero inagotable de “halcones” o sicarios.

Nos jodimos cuando los padres nos desentendimos de la formación de nuestros hijos y le trasladamos a la escuela la responsabilidad de inculcar valores (y las televisoras los acaban de joder), y también nos jodimos cuando la educación quedó a cargo de burócratas irresponsables cuyos saldos están a la vista: una baja sensible en la calidad y la pertinencia de los contenidos educativos en todos los niveles, la educación se desconectó de la realidad socio-productiva del país y, en vez de profesionales, formó legiones de “inempleables”.

El país se jodió cuando, en vez de aplicar leyes y reglamentos para impedir que las personas y las fábricas echaran sus desperdicios a los ríos, a las lagunas y a los mares, las autoridades decidieron solapar esas prácticas y encubrir el desastre ambiental: la contaminación de nuestras aguas y de nuestra atmósfera, la deforestación de nuestros bosques…

México se jodió cuando sus gobernantes decidieron gastar de más y vivir de prestado; algunos pretendieron, incluso, hacer del endeudamiento un activo político: cada vez que se endeudaba más al país, la información oficial destacaba que los nuevos empréstitos confirmaban la confianza de los prestamistas y la solidez de nuestra economía. Décadas después, el pago de intereses y la casi nula amortización de la deuda, constituyen una sangría que lastra el crecimiento del país.

Nos jodimos al hacer de la corrupción, más que una fórmula para arreglar problemas pequeños, una manera de ser (“cayendo el muerto y soltando el llanto”, “no les pido que me den, nomás que me pongan donde hay”; “la amistad se demuestra en la nómina”). Los sobornos de “clase mundial” a funcionarios de una empresa “de clase mundial”, la Comisión Federal de Electricidad (yate, Ferrari, tarjetas de crédito), sólo confirman la corrupción galopante.

El malinchismo es otro rasgo que ha jodido a México, y no pienso sólo en quienes prefieren todo lo importado, aunque sea de dudosa calidad, sobre los buenos productos mexicanos, sino especialmente en los mexicanos “de temporal”, los grandes beneficiarios de la corrupción que juegan a lo seguro y tienen enormes capitales depositados en bancos del extranjero. Se calcula que durante los gobiernos de Fox y Calderón, casi 50 mil millones de dólares fueron depositados en cuentas bancarias de mexicanos en el extranjero; sumados a los depósitos anteriores, dan una cifra superior a los 100 mil millones de dólares.

México se jodió cuando le declaramos la guerra a los narcotraficantes y no al subdesarrollo… Pero también, sin duda, cuando hicimos del acuerdo una perversión y del desacuerdo una virtud. Es decir, cuando degradamos la noción de política del “arte de lo posible” a callejón sin salida donde privan como valores esenciales el agandalle, la falta de escrúpulos y la ausencia de valor civil.

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