Nuestro niño interior lastimado-

 

Jacinto Faya Viesca-

 

Las desgracias que nos sucedieron en la infancia repercuten en todas las etapas de nuestra vida.

“Se debe el más grande respeto a la infancia”, escribió el Romano Juvenal. Respetar la infancia es respetar a los niños. ¿Y a caso nosotros lo hacemos ya de jóvenes o de adultos, con el niño que aun llevamos dentro y que lo llevaremos por siempre?

Para la gran mayoría de las personas, las desgracias que nos sucedieron en la infancia repercuten en todas las etapas de nuestra vida, y dejan una herida sangrante en nuestros corazones. Ésta es la causa de la mayoría de nuestras melancolías que no comprendemos. ¡De pronto, en un cielo azul y radiante, nuestro corazón oscurece por las nubes de melancolía que lo envuelven!

¡Qué razón tuvo el escritor francés Víctor Hugo cuando dijo, que una niña sin muñeca es tan desdichada como una mujer sin hijos! Todas las edades de nuestra vida son frágiles, pero más delgado y quebradizo es el cristal de nuestra infancia.

Pues bien, a pesar de la delicadeza de toda infancia y del respeto que le debemos a todo niño, igual que el que le debemos a Dios, somos injustos con nuestro niño que llevamos dentro. Como jóvenes o adultos advertimos que nuestro niño interior se ha portado mal, y de inmediato y sin la menor indulgencia, lo castigamos y despreciamos.

Todo niño es impaciente, caprichoso, egoísta; y cuando nosotros notamos que nuestro niño se ha comportado mal, no observamos la menor indulgencia, es decir, carecemos de facilidad para perdonar las culpas de nuestro niño. Si lo comprendiéramos mejor, seríamos mucho más indulgentes.

El poeta Alemán Goethe, escribió en su obra Ifigenia: “La vida nos enseña a ser menos rigurosos con los otros y con nosotros mismos”. Esto es precisamente lo que tanto necesitamos: ser menos rigurosos con nuestro niño. Ciertos actos que cometimos en nuestra infancia nos parecen en la juventud y aun en edad adulta, faltas terribles. Pero a medida que pasa el tiempo, esas faltas ya no nos parecen tanto.

Madurar emocionalmente, implica comprender las faltas de nuestro niño, y entender que exageramos en demasía al juzgar con toda severidad las faltas cometidas en nuestra infancia.

Con frecuencia, en nuestra infancia nuestros padres nos defraudaron y nosotros sentimos hacia ellos desilusión y coraje. Después, empezamos a culparnos por haber abrigado esos sentimientos contra nuestros padres, lo que a la postre, nos crea un sentimiento de culpa, y de ésta forma, caemos en una trampa que muchos, ya de adultos, no podemos escapar de ella: sentimos desilusión y coraje contra nuestros padres, y a la vez, nos culpamos por abrigar sentimientos de ésta clase a unos padres que amamos tanto. Si éste conflicto no lo resolvemos, lo llevaremos durante toda nuestra vida.

Y cuando ya de jóvenes o adultos nuestro niño llega a experimentar sentimientos similares con otras personas, súbitamente asoma a la superficie de nuestras emociones, el niño lastimado y con conflictos no resueltos. Como no sabemos qué hacer, nos regañamos y volvemos a sentirnos culpables, igual que cuando éramos niños. Si fuéramos más comprensivos e indulgentes, comprenderíamos que cuando fuimos niños nuestras faltas no fueron, ni por aproximación, tan terribles como lo creímos. No se trata que le construyamos un monumento de gloria a nuestras faltas cometidas en nuestra infancia, sino solamente, comprender por qué razón las cometimos, y darnos cuenta que no fue para tanto.

Es verdaderamente sorprendente: con nuestros hijos pequeños, o con niños que por primera vez platicamos, nos comportamos con mucho cuidado, tratamos de agradarlos, y hasta nuestra vida arriesgaríamos si estuvieran en un peligro inminente. ¡Y no los conocemos! En cambio, con nuestro niño interior, nuestra conducta es totalmente diferente: lo tratamos con dureza, incomprensión y con severa crítica.

A nuestros hijos pequeños, constantemente les brindamos nuestra ayuda; a veces, somos terminantes, con la finalidad de que conozcan sus límites; y en ocasiones, les llamamos la atención con dureza. Y todo esto está bien, pues nuestros comportamientos como padres deben ser aquellos que los formen y los eduquen.

De igual manera debemos comportarnos con el niño que llevamos en nuestro corazón: ser amables y dulces casi siempre; ser amigos con nuestro niño, abrazarlo, consolarlo y a veces, llamarle la atención. Si comprendemos y nos reconciliamos con nuestro niño interior, desaparecerán esas negras nubes de melancolía que tanto nos abaten, y nos llenaremos de energía y de júbilo, pues habremos llegado, al fin, a ser amigos de nosotros mismos.

¡Nada está más presente en nuestra vida que nuestro pasado! En estricto sentido, somos puro pasado, a excepción del instante que estamos viviendo en el presente fugaz. Por ello, nada más importante que entender nuestra infancia, a fin de poder digerirla y aceptarla.

Entender nuestra infancia es una cuestión decisiva para nuestra dicha; de lo contrario, sería una realidad lo que Paul Brulet escribió en su obra, Pensamientos: “Las desgracias de la infancia repercuten en la vida entera y dejan en el corazón una fuente inextinguible de melancolía”.

¡Un adulto sano, equilibrado emocionalmente, conserva para siempre, un buen número de rasgos de su temperamento, conducta y carácter de su infancia! Cuando una persona adulta conserva muy pocos rasgos de su infancia, revela que parte de su alma está dañada y enferma.

Con frecuencia nos reímos de las lágrimas de un niño, sin saber que las lagrimas de todo niño son sinceras y que para él representan una verdadera pena. Solo, que nuestra deformada concepción de los niños nos impide ver su rico mundo infantil, en el que las risas y alegrías son cantos de su corazón, pero también, sus lágrimas son penas importantes de su alma.

¡Volvamos con frecuencia a nuestro niño interior que nuestro adulto ha descuidado! ¡Necesita nuestro niño interior, de nuestra firmeza, y más necesitado está de nuestro aliento y ternura!

 

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