CIUDADANÍA CRÍTICA

Ensayo La ciudadanía crítica 

Alejandro Moreno

Fundación Este País

Una democracia no puede perdurar sin autocrítica. Este ensayo analiza a esa porción de ciudadanos en México que cuestiona y critica de manera cotidiana las instituciones, la labor gubernamental y la forma como está funcionando la democracia. Esta segunda entrega de los resultados de la Encuesta Nacional de Valores sobre lo que nos Une y Divide a los Mexicanos (envud1), realizada por Banamex y la Fundación Este País, indaga en la vocación democrática de nuestra sociedad.

Los estudios recientes sobre cultura política en México se han enfocado a medir, a través de encuestas, el apoyo a la democracia y el grado de participación política que hay entre los ciudadanos. De esos estudios sabemos cuántos ciudadanos prefieren la democracia como forma de gobierno (los llamados “demócratas”), cuántos no (los denominados “autoritarios” y “ambivalentes”) y cuántos pueden considerarse como políticamente activos (los que toman parte en los procesos electorales o en diversos ejercicios de consulta o participación ciudadana) en relación a los que son pasivos (quienes suelen abstenerse de dicha participación). La práctica de medir las actitudes hacia la democracia refleja los intereses de los barómetros regionales (como el Latinobarómetro, el Afrobarómetro o el Asiabarómetro), que se han venido haciendo en varios países del mundo como resultado de la ola democratizadora que inició en los años setenta y creció en los ochenta y noventa.

La evidencia acumulada de datos derivados de los barómetros regionales, así como de la Encuesta Mundial de Valores, ha ilustrado muy bien la evolución de las actitudes hacia la democracia en distintas sociedades. Sin embargo, en nuestro país se ha puesto demasiado énfasis en las actitudes de apoyo a la democracia y menos interés en las actitudes críticas hacia la democracia (en los ciudadanos que se quejan, exigen o demandan más de esa forma de gobierno). No obstante, para una democracia resulta saludable contar con una constante crítica hacia sí misma.

Por ello, nos hemos dado a la tarea de analizar a la ciudadanía crítica de México, es decir, a esa porción de ciudadanos que sistemáticamente se queja y critica las instituciones, la labor gubernamental y, en general, la forma como está funcionando la democracia. Hay ciudadanos críticos notables que dan a conocer sus opiniones a través de los medios de comunicación, electrónicos o impresos, o de conferencias y publicaciones académicas o de carácter privado. Sin embargo, el enfoque de este ensayo no se centra en esos ciudadanos sino más bien en los ciudadanos ordinarios cuyas opiniones y actitudes críticas conocemos a través de las encuestas de opinión pública y de valores. En particular, se analizan aquí los datos de la Encuesta Nacional de Valores sobre lo que Une y Divide a los Mexicanos (envud). A partir de esta encuesta se construye una clasificación de los ciudadanos mexicanos con base en sus actitudes hacia la democracia, sus patrones de participación política y su actitud crítica.

Aunque la noción de “ciudadanía crítica” ya ha navegado por varios años y con distintas banderas por la literatura de la ciencia política, la politóloga británica Pippa Norris la popularizó como tal en su libro Critical Citizens, publicado en 1999.2 El tema resulta atractivo para quienes siguen la agenda del descontento, el disenso, la insatisfacción democrática y la desafección política. Mi interés personal en el concepto de ciudadanos críticos se articuló a partir de un estudio hecho en el Distrito Federal en 2008. En ese año, la oficina de la unesco en México, en colaboración con la Secretaría de Educación del Gobierno del Distrito Federal y el Instituto Electoral del Distrito Federal (iedf), diseñó y realizó una encuesta sobre los temas de valores, ciudadanía y democracia en la Ciudad de México. El interés central de la investigación giraba en torno al concepto del “ciudadano consciente” de sus derechos y obligaciones. Los principales resultados de ese estudio quedaron plasmados en un reporte publicado por el iedf en 2008.3

En ese reporte se desarrolló una tipología de los ciudadanos del df. Con base en las diversas respuestas ofrecidas en la encuesta se delinearon seis categorías de ciudadanos: 1) el ciudadano institucional: caracterizado por su actitud de respeto a las instituciones, a los derechos de otros ciudadanos y el acuerdo con el pago de impuestos; 2) el ciudadano crítico y vigilante: guiado por la necesidad de vigilar y monitorear las decisiones del gobierno, de denunciar los abusos de la autoridad y de exigir cuentas a los gobernantes; 3) el ciudadano participativo: quien manifestaba en la encuesta participar en las elecciones, asociarse con otros ciudadanos para buscar fines comunes y tomar parte en protestas y manifestaciones; 4) el ciudadano solidario: quien expresó altos grados de solidaridad con otras personas cuando tienen necesidad y dijo contribuir en colectas o donaciones ya sea de manera individual o integrado en grupos y organizaciones; 5) el ciudadano cultural: de particular interés para unesco México, esta categoría representaba a aquellos entrevistados que dijeron participar en festividades populares y patrióticas, así como sentirse preocupados por fomentar las tradiciones culturales del país; y, finalmente, 6) el ciudadano responsable: una categoría que reflejaba ciudadanos con una actitud de rechazo a los actos fraudulentos y de corrupción y que procuraban mantenerse bien informados sobre los asuntos públicos.

Varias cosas llaman la atención de esas categorías de ciudadano que resultaron de la encuesta en el df, entre ellas el hecho de que éstas generaban claras diferencias de opinión y comportamiento entre los encuestados. No eran simplemente categorías con distintos nombres sino que realmente ofrecían un potencial analítico interesante. Al contrastar las categorías con otras opiniones se observaban brechas importantes en la forma en que los entrevistados clasificados bajo alguna de esas modalidades ven y perciben a la política y actúan políticamente. Pero, más allá de esas diferencias de opinión y comportamiento, resaltaba la categoría de “ciudadano crítico y vigilante” por varias razones. Por un lado, era la categoría empíricamente más sólida que se derivaba del estudio, como se explicó en la monografía del iedf; por otro lado, era la categoría que, en mi opinión, resultaba conceptualmente más interesante y analíticamente más desafiante. ¿Cuál es el incentivo de los ciudadanos a mantener una actitud crítica ante las autoridades? ¿Por qué una democracia requiere no solamente de ciudadanos que sean institucionales, que acepten las reglas de juego, participativos, que construyan decisiones colectivas, sino también de ciudadanos críticos, que denuncien, exijan y demanden?

Entre las tareas de la democracia están las de garantizar los derechos y las libertades civiles y políticas de sus ciudadanos, proteger a sus minorías, asegurar la diversidad de fuentes alternativas de información, promover la tolerancia, y demás aspectos que se delinean en el concepto de poliarquía, acuñado por el politólogo norteamericano Robert Dahl para hacer una representación no idealizada de la democracia. Pero la democracia también tiene la tarea implícita de enseñarnos a los ciudadanos que podemos estar de acuerdo a no estar de acuerdo, como comúnmente se dice en inglés: that we can agree to disagree. El ciudadano crítico es un tipo de ciudadano que constantemente está en desacuerdo, que desaprueba, que evalúa negativamente el desempeño de gobierno y que suele tener la opinión de que las cosas están mal.

Visto de esa manera, el ciudadano crítico es un ciudadano quejumbroso y que recorre la vida con cierta frustración o resentimiento. Curiosamente, a los mexicanos no les resulta muy simpático alguien que constantemente se está quejando. Basta ver a nuestro alrededor y reflexionar sobre eso: los padres de familia que se quejan de los maestros, el estudiante que cuestiona al maestro, el consumidor que se queja de la mala calidad de algún producto o servicio, y qué decir del ciudadano que acusa o señala el mal trabajo de los gobernantes. Se les ve como oposición, como disidencia, como los inconformes, como los amargados. Pareciera que no aportan, que sólo crean conflicto. En México no estamos acostumbrados a la crítica y por eso la vemos con desdén, con incomodidad. Pero el hecho es que el ciudadano crítico tiene la posibilidad de contribuir de manera importante a la salud democrática del país.

La crítica es un recurso muy útil de la democracia y, podríamos agregar, para la democracia. Más aún, la actitud crítica es un requisito para el mejoramiento mismo de ésta como forma de gobierno. Alguna vez escuché a un distinguido politólogo decir en una conferencia que la democratización nunca termina, que se trata de un proceso inacabado aun en las sociedades más democráticas del mundo. Pero, ¿cómo se puede seguir democratizando a una sociedad que ya es mucho más democrática que el resto? La respuesta es simple: mediante la crítica que la sociedad se hace a sí misma, y no mediante el conformismo. Las sociedades cambian y las instituciones se adecuan o no a esos cambios. En México es importante revalorar la capacidad crítica de sus ciudadanos, es fundamental detectar quién es la ciudadanía crítica y entenderla. El ciudadano crítico es un recurso esencial para nuestra democracia, no solamente un ser antipático y quejumbroso al cual simplemente hay que ignorar. Tampoco es el revoltoso, el que sale a cerrar calles o a crear caos para empujar alguna de sus demandas. La crítica no debe entenderse como una actitud de rebeldía, mucho menos de inestabilidad. La crítica es un proceso de reflexión, acaso de introspección. ¿Qué es lo que nos dice la ciudadanía crítica de este país?

La encuesta envud nos ofrece una excelente oportunidad para ahondar en el tema de la ciudadanía crítica y la contribución que puede hacer a nuestra democracia. Los planteamientos y argumentos que se desarrollan a continuación apenas son exploratorios, no concluyentes, pero reflejan un intento por rescatar el sentido crítico de nuestra sociedad. Al mirar a la ciudadanía crítica con objetividad analítica podemos darnos cuenta de que algunas de las ideas que hoy son ampliamente aceptadas al leer las encuestas pueden estar equivocadas; tenemos expectativas ya desarrolladas en torno a las actitudes de los ciudadanos hacia la democracia que se pueden reformular e ir en contra de lo que hoy se acepta como sentido común. Esto sucede cuando se hace el ejercicio de transformar la crítica de algo malo y antipático en algo deseable y necesario, aunque a veces no guste, en especial a los gobernantes. En los siguientes párrafos se desarrolla una tipología de ciudadanos con base en la encuesta envud que, espero, pueda aportar algo valioso al entendimiento de la dinámica democrática en este país.

Demócratas, autoritarios y ambivalentes

Una de las preguntas de encuesta más comúnmente utilizadas por los investigadores que quieren saber cuán amplio es el apoyo a la democracia en algún país o grupo de países es la siguiente:

¿Con cuál de las siguientes frases está usted más de acuerdo?

1. La democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno.

2. En algunas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible a uno democrático.

3. A la gente como uno, nos da lo mismo un régimen democrático que uno no democrático.

Esta pregunta se encuentra con facilidad en los barómetros regionales de opinión pública como el Latinobarómetro, que se realiza anualmente en 18 países de América Latina. Se dice que la pregunta la formuló el politólogo español Juan Linz en los años posteriores a la transición española hacia la democracia. El reactivo, que se ha aplicado prácticamente en todos los países donde se hacen encuestas comparativas, está diseñado para medir el apoyo popular a la democracia como sistema de gobierno (opción 1), contrastándola con la preferencia abierta por un sistema autoritario (opción 2), pero dejando también la posibilidad a los encuestados de mostrarse ambivalentes o indiferentes hacia la democracia y el autoritarismo (opción 3).

Cuando a México se le compara con otros países del mundo a través de estudios que contienen esta pregunta, suele encontrarse que los mexicanos manifiestan un apoyo relativamente bajo a la democracia —es decir, el porcentaje que escoge la opción 1 suele ser más bajo en México que en muchos otros países. La conclusión a la que se ha llegado es que en México hay un déficit de actitudes democráticas. Por otra parte, el reactivo también se ha prestado a decir que el porcentaje de mexicanos que prefiere el autoritarismo es alto. De acuerdo con la envud, 63% de los mexicanos que participaron en la encuesta manifestó su apoyo abierto a la democracia (escogieron la opción 1), mientras que 17% dijo preferir un gobierno autoritario.

Ese dato del autoritarismo, que ya ha sido reportado incluso con porcentajes más altos de “autoritarios” en estudios como la encup (la encuesta sobre cultura política y prácticas ciudadanas que hizo tres veces la Secretaría de Gobernación durante el sexenio del Presidente Fox y una más durante el actual sexenio), ha sugerido que en la sociedad mexicana prevalece un fuerte raigambre autoritario. Por su parte, el 20% restante de los encuestados por la envud se mostró ambivalente (es decir, le da igual la democracia o el autoritarismo). En suma, solamente 6 de cada 10 ciudadanos mexicanos da su apoyo a la democracia sobre otras formas de gobierno. No obstante, aún ellos no podrían ser catalogados del todo como “demócratas”. En los estudios comparativos actuales sobre las actitudes democráticas se agregan otros reactivos que complementan al apoyo a la democracia para determinar si los ciudadanos son o no “demócratas”, incluyendo lo que la persona entiende por democracia.4

En la envud, además de replicar la pregunta “linziana” de apoyo a la democracia se añadió otra más simple que presenta sólo dos opciones: “¿Usted considera que la democracia es una buena o una mala forma de gobierno para México?”. Este reactivo no enfrenta a la democracia con otras formas autoritarias de gobierno, simplemente la sujeta a una valoración positiva o negativa por parte de los entrevistados. A nivel nacional, la envud muestra que 78% de los consultados contestó que la democracia es “buena”, 14% que es “mala” y el resto no expresó una opinión.

Para construir un indicador de actitudes hacia la democracia se juntaron las dos preguntas, lo que resultó en una versión refinada de las tres categorías previamente mencionadas: los demócratas (que constituyen en este indicador compuesto el 54% de los entrevistados), los autoritarios (9%) y los ambivalentes (37%). El porcentaje de demócratas varía entre las entidades federativas desde 75 y 73% en Oaxaca y Veracruz hasta 34 y 21% en Coahuila y Durango, respectivamente (ver Cuadro 1).

                                                                                                                   Ciudadanos activos y pasivos

Un segundo indicador que analizamos en este ensayo tiene que ver con el grado de participación o compromiso político de los ciudadanos. En la envud se preguntó en una escala de 1 a 10 (donde 1 significa “nada” y 10 “mucho”) cuánto se interesan los entrevistados por la política, cuánto conocen sus derechos civiles y políticos, cuánto participan en las elecciones, cuánto siguen las noticias sobre política y gobierno, y cuánto hablan de asuntos políticos con otras personas.

Con las respuestas se construyó un indicador de “compromiso político” que, con el propósito de simplificar el análisis, se dividió en dos categorías: a la mitad con valores bajos en el grado de compromiso político se le denominó “ciudadanos pasivos”, y a la mitad con valores altos en la escala de compromiso político se le etiquetó como “ciudadanos activos”. Dado que la clasificación se hizo hasta donde fue posible en mitades tomando en cuenta los resultados nacionales, la proporción de ciudadanos activos es de 52% y la de pasivos 48%. En este caso los porcentajes también varían por entidad federativa: la proporción de ciudadanos activos va desde 86% en Durango hasta 33% en el Estado de México.

Demócratas activos y pasivos

Juntar los indicadores de apoyo a la democracia y de compromiso político hasta aquí descritos es un ejercicio que resulta en la siguiente clasificación de ciudadanos en México (ver Cuadro A).

 

Según estos datos, 31% de los ciudadanos a nivel nacional son demócratas activos y 23% demócratas pasivos (personas que apoyan a la democracia pero que expresan bajos niveles de compromiso político). Podría decirse que casi un tercio de mexicanos se acercan, según estos indicadores, a un modelo de “cultura cívica”, en la que se combina el apoyo a las instituciones democráticas. Este tercio, además, se entera y participa de la vida política. Por otro lado, 4% de los ciudadanos son autoritarios activos, lo cual representa un segmento de la población movilizable a favor de formas no democráticas de gobierno.

En este pequeño recuadro se muestran los porcentajes totales de la población encuestada, pero no se observa qué relación existe entre la actitud hacia la democracia y el grado de compromiso político, la cual resulta negativa. Los ciudadanos demócratas suelen ser políticamente más activos, mientras que los autoritarios son más pasivos (los ambivalentes se encuentran en un punto intermedio entre ambos pero son mayoritariamente pasivos). El apoyo a la democracia y la participación política parecen ir de la mano.

Las actitudes de apoyo a la democracia y el grado de compromiso político también arrojan marcadas diferencias en el nivel de satisfacción con el funcionamiento de la democracia. De acuerdo con la envud, los demócratas activos son los más satisfechos con el funcionamiento de la democracia en el país (71% a nivel nacional), mientras que los autoritarios pasivos son los menos satisfechos (18%). El apoyo a la democracia, la participación política y la satisfacción con la democracia también parecen ir de la mano.

Pero entonces, si los demócratas que toman parte activa de la vida política e informativa ven que la democracia va funcionando bien, ¿para qué plantear cambios? ¿No será que los demócratas activos se han conformado con el estado de las cosas? ¿No será que suelen responder positivamente al llamado de la clase política a ajustarse a las adversidades? Los demócratas activos, por su deferencia e institucionalidad, parecieran ser los que mejor responden a llamados como los que hace el Presidente de la República a hablar bien de México en medio de una fuerte crisis financiera o a dirigir los gritos de “ya basta” ante la inseguridad a los delincuentes y criminales y no a los gobernantes. Aquí es donde la ciudadanía crítica cobra relevancia, ya que es ésta la que señala los males que aquejan al país y la que espera que sea el gobierno quien garantice la seguridad y no que los criminales repentinamente se porten bien.

Ciudadanos críticos y acríticos

La envud nos permite identificar a esos ciudadanos críticos de una manera similar a la que hemos empleado para identificar a demócratas y autoritarios, o a ciudadanos activos y pasivos. Para la construcción de un indicador de ciudadanía crítica se utilizó una serie de medidas de satisfacción con la democracia a nivel nacional, estatal y local, y se utilizaron también los índices de aprobación y desaprobación con el desempeño de los poderes Ejecutivo (a nivel federal y estatal), Legislativo y Judicial. En el apéndice metodológico se describen a detalle estos reactivos.

Dado que esos indicadores contraponen a los ciudadanos que están satisfechos o que evalúan bien el desempeño institucional con aquellos que se muestran insatisfechos o que manifiestan su desaprobación al gobierno, el indicador resultante se ha denominado como índice de “consentimiento político”. A mayor satisfacción y aprobación, mayor consentimiento; por el contrario, a mayor insatisfacción y desaprobación, menor consentimiento y mayor actitud crítica.

Para simplificar el análisis, el indicador de consentimiento político se dividió en dos mitades. A la mitad con valores bajos en consentimiento político se le denomina “ciudadanía crítica” y a la mitad con valores altos “ciudadanía acrítica”. A nivel nacional, la proporción de ciudadanos críticos en el país es de 48%, mientras que los ciudadanos acríticos constituyen 52%. Las entidades con mayor proporción de ciudadanos críticos son Durango y el Distrito Federal, con 71% cada una, y las que tienen menos ciudadanos críticos son Chiapas y Veracruz, con 26 y 23%, respectivamente.

Por la forma en que está construido el índice de consentimiento político (o de ciudadanía crítica, si se prefiere), con base en medidas de aprobación de gobierno y satisfacción democrática, no faltará quien diga que se trata de una medida puramente partidaria, es decir, que los ciudadanos críticos son simpatizantes de la oposición y que los acríticos son simpatizantes del partido gobernante. Éste no es el caso. Si bien los ciudadanos acríticos son ligeramente más partidistas y los críticos más independientes, ciertamente hay ciudadanos críticos con afinidades panistas, priistas y perredistas. La medición de ciudadanía crítica no es un reflejo meramente de ser simpatizante de la oposición. Al parecer, la ciudadanía crítica trasciende a los partidos. No obstante, sí es de esperarse que el ciudadano crítico sea menos partidista y más independiente que el acrítico.

Por otro lado, el ciudadano crítico tampoco proviene de ciertos estratos sociales. Tanto el apoyo a la democracia como el grado de compromiso político son más fuertes entre los ciudadanos más escolarizados, e incluso se observa un mayor apoyo a la democracia y mayores niveles de actividad política entre las clases medias (ver Cuadro 2). Sin embargo, el ciudadano crítico se observa casi por igual tanto en los segmentos de escolaridad alta como en los de baja, entre las clases medias y entre las clases populares. El estatus social no es un determinante de la ciudadanía crítica. La insatisfacción política, así como el conformismo político, se pueden dar en los diversos niveles socioeconómicos.

Ciertamente podemos argumentar que hay mexicanos de clase media que sienten que el país marcha relativamente bien, y otros mexicanos de la misma clase que se muestran profundamente insatisfechos con el estado de las cosas. Los sentimientos de las clases medias no son homogéneos ni uniformes. Lo mismo podemos decir de las clases populares. La ciudadanía crítica trasciende a las clases sociales.

Los ciudadanos críticos también tienen distintas actitudes hacia la democracia: algunos son demócratas y otros no. En el siguiente recuadro se resume la combinación del indicador de actitudes hacia la democracia descrito anteriormente con el índice de consentimiento político (o de ciudadanía crítica) (ver Cuadro B).

De acuerdo con estos datos, a nivel nacional 22% de los mexicanos se pueden clasificar como demócratas críticos y 32% como demócratas acríticos. De todos los mexicanos que apoyan la democracia, la mayoría muestra una actitud acrítica hacia esa forma de gobierno. Entre los ambivalentes y los autoritarios, en contraste, la proporción de ciudadanos críticos es mayor que la de acríticos.

¿Qué tan relevante políticamente es nuestra clasificación de ciudadanos críticos y acríticos? Discursivamente podemos argumentar que la ciudadanía crítica es la que pone bajo escrutinio el desempeño gubernamental y la que demanda acciones ante la impunidad, la corrupción o los malos servicios públicos. Pero, ¿realmente es así? La envud nos permite poner a prueba esta expectativa, lo cual haremos en tres actos breves antes de concluir este ensayo con una reflexión general sobre la ciudadanía crítica.

Primer acto: percepciones de democracia

Las percepciones de democracia son muy distintas entre los ciudadanos críticos y los acríticos, tanto a nivel individual como estatal. Al comparar a los ciudadanos críticos con los acríticos, los primeros expresan una menor confianza política, se sienten menos representados políticamente, perciben menores niveles de desarrollo democrático en el país, creen que hay una menor libertad de expresión y sienten que hay menos respeto a los derechos humanos (ver Cuadro 3). Todo esto lo observamos a nivel de las respuestas individuales de los entrevistados pero, ¿qué pasa entre las entidades federativas? ¿Hace alguna diferencia tener una mayor o menor proporción de ciudadanía crítica?

Según los datos mostrados en la Gráfica 1, entre mayor es el porcentaje de ciudadanos críticos que hay en las entidades federativas menor es la percepción de democracia en los tres niveles de gobierno: federal, estatal y municipal. Esto debe interpretarse no como un nivel objetivo de desarrollo democrático sino como un cierto grado de exigencia democrática. En la Encuesta Mundial de Valores, por ejemplo, la percepción que tienen los chinos acerca del nivel de democracia en su país es relativamente alta cuando, en realidad, cualquier politólogo tendería a decir que China es un país poco democrático. En contraste, hay un amplio consenso respecto a que Holanda, por ejemplo, es un país bastante democrático, pero los holandeses en promedio no le otorgan tan elevado estatus a su país y califican a su democracia con una mayor actitud crítica.5 Esta disonancia entre realidades y percepciones refleja, por un lado, el significado que esas sociedades atribuyen a la democracia pero también, por otro, el grado de exigencia que se tiene hacia esa forma de gobierno.

Veamos la gráfica de las entidades federativas del país (Gráfica 1). El Distrito Federal es donde menos democracia se percibe y una de las entidades donde más ciudadanía crítica hay. Por el contrario, Veracruz es el estado donde menos ciudadanía crítica hay y donde se percibe mayor democracia. Considerando las 32 entidades federativas, la relación entre ciudadanía crítica y percepción de democracia es negativa. A mayor ciudadanía crítica menor percepción de democracia. En la gráfica, el nivel de democracia percibida es eso, una percepción. Si empleamos alguna otra medida de democracia para los estados como las que ofrecen los indicadores de Freedom House para los países, por ejemplo, muy probablemente encontraríamos que el df es más democrático que muchas otras entidades federativas, y que Veracruz es probablemente un estado menos democrático de lo que aparece en el gráfico. No podemos definir el nivel de democracia a partir de estas percepciones.

¿Por qué el nivel de democracia percibida es tan bajo para el df y tan alto para Veracruz? Respuesta: por el porcentaje de ciudadanía crítica que hay en esas entidades. Los capitalinos son más críticos y tienden a mostrar una mayor exigencia democrática. Esto se traduce en un potencial no solamente de mayor democratización sino también de mayor calidad democrática. En el df hay un alto porcentaje de ciudadanía crítica y también es donde suele percibirse más corrupción, inseguridad y menor calidad de vida, por mencionar algunos ejemplos que se han derivado de múltiples estudios como los que hacen Transparencia Mexicana, el Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad o los medios de comunicación.

La ciudadanía crítica delata, pero esto no quiere decir que una menor percepción de democracia signifique una entidad menos democrática o que una mayor percepción de corrupción signifique una entidad más corrupta. Lo que significa es que hay más denuncia (o por lo menos señalamiento a través de la encuesta) de la falta de democracia o de la presencia de corrupción. Esto tiene implicaciones para los estudios que miden los niveles de corrupción, discriminación o inseguridad por entidad federativa como los mencionados en el párrafo anterior: no debe concluirse que los estados que se perciben como más corruptos, inseguros o discriminatorios sean, en efecto, tales. Lo que la envud nos dice es que el porcentaje de ciudadanía crítica o acrítica media precisamente las percepciones de esos problemas.

Una ciudadanía crítica que acusa falta de democracia, corrupción o inseguridad no es simplemente una ciudadanía amargada e insatisfecha, como suele calificársele. Se trata de una ciudadanía que, con sus demandas, puede hacer contribuciones a la democratización, a la transparencia y a la rendición de cuentas.

Segundo acto: desempeño de gobierno

Así como la ciudadanía crítica demanda más espacios democráticos, también espera un mejor desempeño del gobierno y las instituciones. Podemos seguir mostrando gráficas por estado como la Gráfica 1 para diversas temáticas, pero eso nos llevaría mucho espacio. Por ello se preparó el Cuadro 4 donde se muestran correlaciones entre el porcentaje de ciudadanía crítica por entidad federativa y distintas percepciones acerca del nivel de desarrollo en varias áreas del país. En el cuadro se muestra la correlación de -.47 que ya se había mostrado en la Gráfica 3 como una referencia. Como puede apreciarse, entre mayor es el porcentaje de ciudadanía crítica en las entidades menor es la percepción de un alto nivel de desarrollo en cuanto a la educación, la salud, los derechos y libertades, los servicios públicos, la economía, las instituciones de gobierno, la aplicación de la ley, la seguridad pública y la cultura y las artes. Todas estas preguntas presentan coeficientes de correlación negativos con el porcentaje de ciudadanos críticos. La ciudadanía crítica es, como ya se dijo, un factor de exigencia.

Pero vale la pena examinar cuidadosamente esa exigencia. Analicemos el caso de la educación y la salud, aspectos que suelen ser bastante bien evaluados por los ciudadanos (como se ha reportado repetidamente en las encuestas del diario Reforma),6 y el caso de la seguridad pública y la aplicación de la ley, en los que la gran mayoría de los ciudadanos se manifiesta de manera negativa actualmente. Resulta que la proporción de ciudadanía crítica arroja correlaciones más débiles en el caso de la inseguridad y la impunidad que en el de la educación y la salud. Esto se debe a que la inseguridad y la impunidad son tan visibles que son denunciadas y dejan insatisfechos a ciudadanos críticos y acríticos casi por igual (aunque más a los primeros, por eso las correlaciones negativas). Sin embargo, los problemas en los sistemas educativo y de salud son menos visibles y están más sujetos al escrutinio de la ciudadanía crítica. En este sentido, la ciudadanía crítica se añade a la ciudadanía general en temas en los que se comparte una amplia preocupación (como la inseguridad) y delata problemas en donde la mayoría de los ciudadanos expresa opiniones favorables, como la salud y la educación. En ambos casos, la ciudadanía crítica se vuelve un factor de exigencia, de demanda y, por qué no decirlo, de cambio.

Reflexiones finales

Los ciudadanos conformes y los ciudadanos críticos difieren en su diagnóstico del país. Ambos grupos se observan en proporciones similares entre las clases medias y las clases populares, entre panistas, priistas y perredistas, de manera que no es ni su nivel socioeconómico ni su preferencia política lo que los divide, sino el grado de crítica que se permiten frente a nuestras realidades sociales, económicas y políticas. Una mitad de mexicanos se guía por su optimismo y manifiesta satisfacción con el estado de las cosas. A pesar de los problemas, consideran que México va avanzando y eso hay que aprovecharlo. La otra mitad denuncia un país estancado o cuyos avances no son suficientes para lograr aquello a lo que aspiramos como nación. Estos últimos son ávidos en señalar las cosas que deben cambiar o mejorarse. Los primeros ven un México saludable, con oportunidades, con bienestar. Los segundos delatan las insuficiencias, la impunidad y el mal funcionamiento de las cosas.

La ciudadanía crítica puede verse como un grupo de inconformes, insatisfechos y amargados. Pero mientras la veamos así no podremos darnos cuenta del potencial que tiene para la salud democrática del país. La ciudadanía crítica es la que demanda, la que exige, la que representa un potencial de cambio. Si, efectivamente, la democratización es un proceso que no termina, es necesario que la democracia cuente con una crítica constante de sí misma, que señale sus dolencias y que demande la apertura de mayores espacios ciudadanos. Nuestra democracia tiene la fortuna de contar con ciudadanos que respetan las instituciones, que se adaptan a las adversidades y que responden positivamente a los llamados de la clase política a dar lo mejor por el país, pero también tiene la fortuna de contar con ciudadanos críticos que cuestionan a la autoridad, que señalan los problemas cotidianos y que exigen a líderes y autoridades dar lo mejor de sí para el país. Valorar a nuestra ciudadanía crítica puede tener un impacto enorme en el desarrollo y la calidad de nuestra democracia.

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1 La envud es un estudio realizado bajo los auspicios de Banamex, la Fundación Este País y un grupo de donantes interesados en hacer un retrato de los valores y las creencias de los mexicanos al inicio de la nueva década. Alberto Gómez, Federico Reyes Heroles y Alejandro Moreno agradecen al grupo de académicos, encuestadores e interesados en la temática de valores que, generosamente, aceptaron formar un Consejo Consultivo para este proyecto y cuyo tiempo, observaciones y sugerencias enriquecieron el estudio de manera importante: Andrés Albo, Ulises Beltrán, Edmundo Berumen, Eduardo Bohórquez, Federico Estévez, Nydia Iglesias, Rosa María Ruvalcaba e Iván Zavala. En la realización de la envud participaron diversas empresas: Ipsos-Bimsa Field Research de México, S.A. de C.V. (que se encargó de levantar la encuesta en Baja California, Baja California Sur, Coahuila, Colima, el Distrito Federal, Durango, Guerrero y Oaxaca); Mercaei, S.A. de C.V. (Nayarit, Nuevo León, Querétaro, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Tamaulipas y Veracruz); Nodo-WMC y Asociados, S.A. de C.V. (Campeche, Chiapas, Estado de México, Hidalgo, Jalisco, San Luis Potosí, Tlaxcala y Zacatecas) y Pearson, S.A. de C.V. (Aguascalientes, Chihuahua, Guanajuato, Michoacán, Puebla, Quintana Roo y Yucatán). La empresa Berumen y Asociados se encargó del diseño de la muestra, la supervisión, la validación de la captura y el respaldo a las encuestadoras durante el levantamiento en campo.

2 De la misma autora, en este 2011 se publica una revisión de aquella obra bajo el título Democratic Deficit: Critical Citizens Revisited.

3 Alejandro Moreno, Valores, ciudadanía y democracia: Encuesta sobre valores ciudadanos en el Distrito Federal 2008, Secretaría de Educación del Distrito Federal, unesco México e Instituto Electoral del Distrito Federal, México, D.F., 2008 (ISBN: 978-607-7582-05-2).

4 En una investigación hecha en coautoría con Christian Welzel, vicepresidente de la Encuesta Mundial de Valores, y presentada recientemente en Alemania y Estados Unidos, mostramos que los ciudadanos que entienden a la democracia en términos de derechos y libertades políticas tienden a ser más afines a otros principios de la democracia y a demandar más espacios políticos de ésta que los ciudadanos que la entienden en términos de sus resultados económicos, quienes a su vez son más propensos a simpatizar con fines y medios no democráticos.

5 Este contraste lo enfatizamos en la investigación en coautoría con Christian Welzel mencionada anteriormente.

6 Ver, por ejemplo, la Encuesta Nacional de evaluación al Presidente Calderón publicada en Reforma el 1 de abril de 2011.

Una respuesta

  1. ¿Qué ocurre en la sociedad? ¿Qué le pasa a la política? ¿Por qué vivimos la crisis del sistema político como un verdadero reality show?

    Estas son algunas de las preguntas que nos hemos estado haciendo en los últimos años y que se siguen repitiendo en los últimos días. Por un lado, vemos que los políticos se cambian de partido como de camisa, y sin ningún pudor toman el leguaje del partido al que se unen como el suyo de toda la vida lo vemos en Comitán y en todo el país.

    Los ciudadanos estamos enfrentados a una verdadera agresión diaria de propaganda sobre los partidos políticos, que lejos de ser ideológica partidista, es más bien personalista y en muchos casos, populista.

    El acontecimiento que hoy estamos viviendo es parte de esa crisis profunda de la política y también de toda la sociedad, porque los políticos que tenemos responden a la sociedad que hemos construido, no nos quejemos de ellos, sino de nosotros mismos, de la falta de compromiso con nosotros y nuestra sociedad.

    Marcos Roitman, un sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid, acaba de publicar en México en la editorial Siglo XXI, un trabajo muy interesante titulado “El pensamiento sistémico, los orígenes del social – conformismo”.

    Este hastío de la política, de actores corruptos sin límites, nos ha llevado a una especie de limbo que ha sido aprovechado por una ideología que se perfila desde hace más de dos décadas, orientada a consolidar el denominado “social -conformismo”, el cual actúa en la esfera de la vida cotidiana, en los espacios públicos y en los privados.

    Así asistimos a actos que no nos interesan o en el fondo no queremos; consumimos productos que no valoramos en su real dimensión; convocamos a reuniones que en el fondo rechazamos; acudimos a reuniones que no son gratas y mantenemos relaciones obligadas; en síntesis, justificamos conductas contradictorias en aras de una vida más complaciente.

    El silencio permanente del ciudadano y la falta de un compromiso social se sintetizan en las tradicionales frases “Qué vamos a hacer, los humanos somos así y no cambiaremos nunca…”, o la más dura, “Yo te lo advertí, no puedes enfrentar al poder, mejor cae en sus redes, aprovecha las ocasiones que la vida te brinda para vivir al límite de los deseos, nadie podrá reprochártelo…”.

    El nuevo conformismo social una vez asumido es presentado ante los ojos de todos como una actitud responsable menciona Roitman: “yo trabajo, no me meto en política, soy una persona decente”.

    Así cedemos el espacio de la construcción del futuro de la sociedad a un selecto grupo, que cierra el círculo del poder y dentro de él se construyen alianzas y opciones a las que debemos responder dentro de ese límite.

    Esta es la cara política del social conformismo, la crítica política profunda es mal vista, es comprometedora, es casi insurgente, y si fuera en un país conflictivo y nuestro rostro, nombre o religión se asocie al mundo árabe ¿sería terrorismo?

    El social conformismo tomó forma teórica con el trabajo que realizó Francis Fukuyama en El fin de la historia y el último hombre (Planeta. España. 1992), donde se plantea la utopía, para él muy real, de que el sistema había llegado a su límite y por ende, la lucha sería para mantenerlo.

    Así la política encuentra en esta nueva ideología un elemento fundamental para realizar una reingeniería de sí misma y su operación, que bajo el manto de la concepción neutral – valorativa, se llega a lo que los propios militantes de estas ideas denominan despolitizar la política.

    Así emerge la nueva política, que no es la confrontación de modelos e intereses de cada grupo social, no eso ya nos lo hicieron ver mal, sino la de lograr acuerdos que garanticen la gobernabilidad de un Estado que sólo sobrevive como un arbitro débil.

    La práctica política se basa hoy en la eficiencia y no en los principios éticos, lo cual, “permite la construcción de una ciudadanía superficial desligada del ejercicio pleno de la participación en los procesos de la toma de decisiones colectivas y de la búsqueda de un bien común o de justicia social, el cual señala el sentido ético de la ciudadanía plena”, como lo afirma Roitman.

    Así llegamos a algo que es central cuando se limita el ámbito de la política a un problema únicamente de gestión eficiente, y es que no hay un conflicto que solucionar, todos piensan igual o no piensan, alguien piensa por ellos, por eso es que hoy estamos frente al gobierno de gerentes, que pretenden transformar los procesos sociales en productivos, una forma simplificada de la deshumanización.

    Por ello es que la lucha hoy es por alejar a la política real que genera incertidumbre porque es la lucha entre grupos diferenciados, en el caso de México ¿un 50% de pobres debe coincidir con el 50% restante en todo?

    Esta despolitización implica un nuevo papel de los partidos políticos, ya que ellos se dirigen a captar el interés de los ciudadanos, que los castigan o benefician con su voto, los ciudadanos dejan de ser el pueblo que decide para transformarse en un mercado de oportunidades para los mercaderes del voto, que con una gran inversión en mercadotecnia logran captar simpatías en vez de pensamiento.

    Este nuevo ciudadano acepta la sociedad aparentemente más libre pero que tiene tras de sí un alto nivel de control, que puede llegar a ser policial, o de denostacion a través de politólogos en los medios de comunicación.

    Por todo ello, lo que hoy pasa al interior de los partidos no puede sorprendernos. Ayer solo por poner un ejemplo, la lideresa en conflicto tuvo que enfrentar a la Fiscalía especial por los delitos del pasado, hoy es la defensora de la ley.

    ¿En qué quedamos, cuál es la verdad?

    Hoy la ciudadanía se debe enfrentar varios retos,

    la desarticulación en las formas de pensar tradicionales,

    el gran desconcierto informativo,

    el desaliento maquinado desde las esferas de poder llamese federal, estatal o municipal de la conciencia crítica,

    ¿Ustedes que opinan?

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